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ALVEDRO Y EL SÍNDROME DE A MALATA

La Liga vuelve en menos de dos semanas necesariamente sin público. Se anuncia que la próxima temporada puede comenzar el 12 de septiembre, limitando el aforo de los estadios a un 30% inicialmente, para luego llegar al 50% y alcanzar en enero, si no hay rebrotes, el 100% de su capacidad.
Esto implica que el todopoderoso F.C. Barcelona tendrá que jugar en un Camp Nou que, en la práctica, tendrá un aforo parecido al de Riazor. Y que el R.C. Deportivo, en concordancia, jugará en un estadio algo menor que el ferrolano de A Malata. Esto implicará ciertas medidas organizativas, quizá de reparto de turnos entre los abonados, que cada club deberá adoptar.
Pero esto no va de que tengamos que ver al Depor por la tele en lugar de sentarnos en Riazor. Va de Alvedro, un motor fundamental de nuestra movilidad y del dinamismo económico de A Coruña y su amplio hinterland.

Las medidas de prudencia ante los contagios hacen que se haya impuesto el denominado “distanciamiento social”. En el caso de los pasajeros de Alvedro, llevamos años advirtiendo de la insuficiencia física del área terminal, de falta de mostradores de facturación, de cintas de recogidas de equipajes, de fingers, de puertas de embarque, de posiciones en plataforma…. Incluso de espacio en el vestíbulo y la cafetería. Hemos advertido durante años de colas que llegan a salir por la puerta de la terminal. Los pasajeros de Alvedro llevamos muchos años sin jugar en Riazor, hemos jugado siempre en A Malata. Y no cabemos, como no caben los abonados del Depor en el estadio ferrolano. Ahora, el COVID-19 nos saca de nuestra Malata particular, y nos envía a jugar por pùro efecto matemático al campo de Elviña. Porque, como hemos explicado repetidamente, ya partíamos de una situación de desventaja en la que no teníamos un Riazor que se adaptase, mal que bien, con sus limitaciones, a las necesidades reales.

Hace un año, cuando Inés Rey tomó posesión como alcaldesa de A Coruña, en esta misma publicación le expusimos las carencias de nuestro aeropuerto. Le explicamos detalladamente el proceso que Alvedro tenía que seguir para su puesta al día, que había que planificar, proyectar, construir, y que las obras tenían que irse ejecutando sucesivamente por razones de espacio, para mantener el aeropuerto operativo mientras tanto. Que no era cuestión de dos años y le tendimos la mano para trazar juntos ese camino. Si Alvedro ya tenía serias carencias para fortalecer la competitividad del área norte de Galicia, probablemente ahora vayamos a dar un salto atrás de décadas. ¿Cómo vamos a gestionar 1,3 millones de pasajeros en la terminal actual manteniendo el cumplimiento del distanciamiento social? ¿Cómo gestionar las colas en los filtros de control? ¿Cómo facturar tres o cuatro vuelos simultáneamente? ¿Cómo esperar junto a los fingers para embarcar, y dejar pasar a los que salen del avión? Sabemos que la solución no habría llegado a tiempo, era imprevisible, nos dírán. Pero también es cierto que, hasta donde podemos intuir, no se ha avanzado nada desde el Concello.

Si antes era una necesidad, ahora es una urgencia imperiosa. No es necesario que convirtamos Alvedro en el Camp Nou de Lavacolla, pero sí que, con mesura, acometamos ya como mínimo la construcción del Riazor que sustituya a nuestra Malata. Si no lo hacemos, el declive económico de la ciudad y su ámbito hará que las colas de Alvedro decrezcan de forma natural. Ahora queda en sus manos que esto no ocurra, alcaldesa.

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